Elixabet Manzano y Elene Lejarzegi

MEMORIA DE NUESTRA EXPERIENCIA EN EL DISPENSARIO DE TOUCAR

(Senegal, Julio 2015)

Nos conocimos hace ya cuatro años en la universidad; las dos estudiamos medicina, pero eso no era lo único que teníamos en común, ni lo único que nos unía. Nos hicimos muy amigas durante los años que compartimos las clases teóricas, las fiestas y la rutina del día a día; pero la verdad es que nada nos ha unido más que el mes en el que lo hemos compartido prácticamente todo.

El segundo ciclo de la carrera, lo estamos haciendo en diferentes hospitales, una en Donosti y la otra en Bilbao. En una cena de reencuentro alrededor de febrero surgió la idea de hacer un voluntariado en algún país en vías de desarrollo. Era una idea que ambas teníamos desde hace años pero nunca habíamos encontrado el momento de llevarla a cabo. Sudamérica era una de nuestras opciones pero salía un poco de nuestro presupuesto. Por lo tanto tras rastrear muchas opciones en internet, preguntar a gente conocida etc. y aunque la cuestión del idioma nos asustara un poco (ninguna de las dos hablamos francés), optamos por Senegal como destino.

Nuestro viaje comenzó en Bilbao, (después de prepararlo todo a última hora, vacunas incluidas) pues allí cogimos el autobús que nos condujo a Barcelona. Tras alrededor de siete horas de viaje, una vez en el aeropuerto recibimos nuestra primera lección. Resulta que antes de llegar a la puerta de embarque, echamos la vista atrás y por primera vez nos sentimos diferentes a los demás. Esta vez éramos nosotras las que llamábamos la atención ya que la mayoría de pasajeros eran Senegaleses. No es fácil de explicar, pero la expresión “la oveja negra del rebaño” solo tiene sentido cuando el rebaño se compone de ovejas blancas. Es decir, lo que todos aceptamos como normalidad está marcada por la condición de la mayoría. Después de aquello, en el avión intentamos imaginarnos como iba a ser nuestra experiencia durante ese mes que íbamos a vivir en un país tan diferente lejos de nuestros hogares y las dos coincidimos en que fuera como fuere, seria enriquecedora. Sentíamos algo de miedo pero sobre todo estábamos nerviosas y expectantes.

Cuando llegamos a Dakar era ya de noche y la situación que nos encontramos nos pareció un tanto chocante. A la salida del aeropuerto, tras superar las dificultades del control de aduana, lograr comunicarnos de alguna manera con el policía y una vez recogido nuestro equipaje lo que nos encontramos a la salida nos pareció una auténtica locura. Había muchísima gente, botones de distintos hoteles, gente que se nos acercaba, taxistas esperando a que alguien les eligiera como choferes… alguien como nosotras. Para ellos nosotras éramos “tubap” (blancas) y eso no nos ayudó a pasar desapercibidas; tampoco para no perder la calma. Nuestro objetivo era encontrar por allí a Ousmane (nuestro guía) pero por más que buscáramos nos parecía imposible encontrarlo y de repente, en medio del caos apareció el. Llevaba encima un papel con nuestros nombres, lo cual fue muy útil y tranquilizador. Desde aquel momento, Ousmane pasó a ser nuestro particular salvador. Estuvo con nosotras siempre que lo necesitamos y no volvimos a sentirnos perdidas, a pesar de estar en un continente completamente desconocido. Esa noche la pasamos en un hostal, donde conocimos a Laura y a Carlos, otros dos voluntarios que acababan de llegar e iban a dedicarse a diferentes proyectos, más enfocados en el campo de la ingeniería.

Al día siguiente los cuatro nos dirigimos a nuestros respectivos poblados, Toucar y Ndogh. Cogimos un taxi para el viaje, con la idea de que iba a ser mucho más cómodo que el autobús, pero la verdad es que cuatro jóvenes en la parte trasera de un coche, con parte de equipaje encima y un calor asfixiante no es la viva imagen del viaje más confortable de nuestras vidas. Después de la conducción temeraria de nuestro taxista (y de todos los vehículos de alrededor), pudimos respirar tranquilos al salir del coche. Primero fuimos a Ndog donde iban a quedarse Laura y Carlos; todos los niños vinieron corriendo donde nosotros, sin duda eran encantadores pero el poblado nos impresionó mucho. Nos dimos cuenta de que por mucho que puedas intentar imaginarte la situación en la que viven, nunca podrás conocer su realidad hasta que la ves con tus propios ojos. Luego fuimos a Toucar, donde íbamos a alojarnos y a practicar nuestro voluntariado. Nos asignaron una habitación para las dos, donde vivía la familia más encantadora de Senegal. Nos contaron, con toda la razón del mundo, que Senegal es el país de la hospitalidad.

Nada más llegar a Toucar conocimos a Jaime. El fue nuestro compañero durante más de la mitad de nuestra estancia allí. Agradecimos mucho tener a alguien para que nos guiara un poco los primeros días en el pueblo, sobre todo para responder a todas las preguntas que se nos ocurrieron en aquel instante. Nosotras no hablábamos Francés, y Jaime además de ser el veterano allí, se defendía un poco con el idioma. Por lo tanto, Jaime fue nuestro Mahoma. Unos días después de que Jaime se fuera, llegó Mireia y esperamos que nosotras consiguiésemos con ella lo que Jaime logró con nosotras.

A pesar de que la habitación la compartiéramos solo las dos, el resto del día lo pasábamos junto a Jaime. A las mañanas nos dedicábamos a nuestro proyecto de voluntariado en el dispensario; Al ver la situación entendimos que nuestro trabajo allí se basaba sobre todo en la concienciación. En el dispensario no les faltaba personal, pero sí formación y material, lo cual condicionaba su manera de trabajar.

No pudimos poco más que hacerles ver que a pesar de la tremenda falta de recursos para poder ofrecer una atención sanitaria de calidad que sufren, había cosas que podían mejorar sin necesidad de grandes inversiones, tales como la higiene, el uso de los guantes… Además de eso, intentamos ayudar en lo que pudimos como personal sanitario, por ejemplo dando vacunas a todos los niños de los alrededores. Aunque al principio nos resultara difícil entender su forma de trabajar, y nos encontráramos un tanto frustradas, creemos que al final agradecieron nuestra pequeña voluntad y eso hizo que nos sintiéramos realizadas.

También compartíamos las horas de comer; desayuno, comida y cena. Esto lo hacíamos en la casa del médico. Como era época de ramadán, nosotros tres éramos los únicos que hacíamos tres comidas al día junto con los más pequeños de la casa, pero aun así, no hubo ningún día en el que no nos prepararan la comida. La comida estaba muy rica, aunque bastante picante por lo que nos pasábamos las comidas con la botella de agua en la mano.

La mayoría de mujeres no trabajaban fuera de casa y se pasaban el día cocinando, limpiando o cuidando a su familia. Cuando alguna vez preguntamos por este hecho, nos decían que desde siempre, tradicionalmente ese había sido el reparto de las tareas. La gente dice que hay cosas que nunca cambian, pero puede que a veces las tradiciones estén sobrevaloradas.

Hicimos buenas migas con la familia del médico; una familia numerosa, alegre e indudablemente cautivadora. Ibulae era el único hijo y el mayor de todos. Hablaba inglés y fue de gran ayuda para nosotros, no solo por el hecho del idioma, sino también porque hizo que nos sintiéramos como en casa desde el minuto uno. Awa, otra de las hijas del médico, hablaba español y ella fue como una hermana para nosotras y aunque realmente toda la familia merezca una mención especial en este escrito, queremos recalcar que los niños de la casa hacían que empezáramos el día con una sonrisa.

Además de los niños de la casa del médico, había muchos más, ya que la pirámide poblacional es a la inversa que en Europa. En el pueblo la mayoría eran niños, que no dejaban de sorprendernos por la energía que desprendían a todas horas. Nosotros solíamos estar agotados, el calor y la humedad se apoderaban de gran parte de nuestra energía desde primera hora de la mañana, pero eso no les pasaba a ellos que siempre nos llamaban, venían a donde nosotros y estaban deseando jugar en cualquier momento. Fue difícil saber cómo comportarse con aquellos niños. Para ellos también éramos “tubap” y puede que eso fuera un punto en contra. Solíamos pasar muchas tardes jugando en las canchas del patio del colegio al balón, a la goma, a la cuerda… Aunque preparásemos todo el equipaje a última hora, es cierto que no nos faltó de nada y todo lo que puedas llevar puede resultarte útil en este tipo de viaje. A decir verdad, nos dimos cuenta de que lo que necesitaban aquellos niños estaba muy por encima de lo material, y puede que no siempre sea una buena elección darles un caramelo cada vez que te lo pidan. Les enseñábamos canciones y bailes que les encantaban.

También presenciamos el fin del ramadán. Estuvo muy bien intentar vivirlo como parte de su cultura, vistiendo sus trajes tradicionales, en todo momento hicieron que nos sintiéramos parte de su familia, pero lo mejor de todo es que no les suponía ningún esfuerzo. Todos estaban muy contentos de al fin poder comer y beber antes de las 20:00, pero estaban aún más orgullosos de haber cumplido con aquel deber. Durante aquel día y en definitiva durante todo el mes respiramos mucha bondad, sinceridad y generosidad.

Asistimos a varias clases de inglés y español en el instituto, ya que nos hicimos muy amigos del profesor de lengua castellana Dady. Dady era cristiano y vivía junto al único bar del pueblo en el que en más de una ocasión disfrutamos de alguna que otra cerveza fresca, que por supuesto nos supo a gloria. Cada dos por tres solíamos ir a visitar a Dady, a jugar al scrabble y en una ocasión hasta cocinamos pollo con patatas para la cena de despedida de Jaime.

La vuelta a Dakar fue triste e inquietante a su vez. La verdad es que en Dakar nos lo pasamos muy bien con Ousmane y con Amy, una de las hermanas de Awa e Ibulae; Ousmane hizo que volviéramos con 20 deliciosos mangos de su propia cosecha y Amy nos llevó a los lugares más alucinantes de por allí.
Nos dio mucha pena despedirnos de todos en el pueblo, pero marcharnos de Toucar dejando todo allí, como si nada hubiera pasado, como si nada hubiésemos vivido, como si nada hubiera cambiado, hubiera sido demasiado frio. Afortunadamente no fue así. A día de hoy seguimos manteniendo contacto de vez en cuando con la familia del médico e incluso con Ousmane. Pero aunque no fuera así, hubiera sido imposible que nada hubiera cambiado después de todo lo vivido. Un mes de contradicciones, de risas con llantos, de noches reflexionando al ritmo de las enormes trombas de agua que caían durante las tormentas, un mes viviendo en una cultura diferente, un mes sobreviviendo en condiciones impensables en nuestro país y un mes recibiendo el doble de lo que jamás hubiésemos podido dar.

A veces hay cosas que van marcando y cambiando tu vida sin que te des cuenta y esta experiencia ha sido una de ellas. A día de hoy si de algo nos damos cuenta es de que somos un poquito diferentes a lo que éramos hace 3 meses, pero esta vez sin que dependa del rebaño.

Elixabet Manzano Oyarzabal
Elene Lejarzegi Anakabe

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