Ana Solés: voluntariado en Burkina Faso

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INTRODUCCIÓN A MI VOLUNTARIADO

Soy Anna, tengo 18 años, vivo entre Barcelona y l’Empordà y soy estudiante de primero de Enfermería en la Universidad de Barcelona.
Mi aventura africana empezó el 21 de enero de 2018 y terminó el 3 de febrero, fue un viaje corto, pero muy intenso.

EL POR QUÉ DE HACER UN VOLUNTARIADO

Hacía tiempo que quería hacer una acción de voluntariado en algún país africano. Tenía muchas ganas pero me faltaba la ONG con quién colaborar. Un día por casualidad que encontré CC-ONG y mandé un correo a Rafael, fue entonces cuando decidí que no quería esperar y que era la mejor opción para este viaje.

Semanas después de volver puedo decir que volvería con ellos a Burkina Faso con los ojos cerrados, por su atención a todas horas, sus recomendaciones y el trato familiar y próximo que recibes. Si estás leyendo esto porqué tienes ganas de irte, no necesitas más,
compra el billete de avión y vive en tu propia piel la mejor experiencia de tu vida.

Yo también escuché que era muy joven, que no era un país seguro, que era una experiencia muy dura. Y sí, tenían razón, pero doy gracias a todos esos que me dieron alas, especialmente a mi madre.

Cuando vuelves te das cuenta que la gente admira lo que has hecho, como si no pudiera hacerlo todo el mundo. Tengo claro que si todos pusiéramos ese pequeño granito de arena, el mundo sería mejor, pero también lo seríamos nosotros como personas.

No importa que creas que tienes poca cosa para ofrecerles, es un sentimiento erróneo, todo lo poco que puedas dar, allí se transforma en mucho. Allí no sólo hacen falta médicos, arquitectos, enfermeras, etc., allí hace falta gente que les abrace y que confíe en un mundo mejor. Este viaje, que en principio va más de dar que de recibir, cambia totalmente su sentido cuando ves lo mucho que te llegan a dar ellos.

LA LLEGADA A BURKINA FASO

Durante las horas de aeropuerto y aviones el miedo se apoderó de mi. No sabía cómo enfrentaría todo lo que iba a venirme encima en cuestión de horas. Mi cabeza sólo tenía lugar para una pregunta: “¿Quién me ha pedido a mí meterme en este lío?”. Sólo hicieron falta unas horas allí para darme cuenta que ha sido el lío más bonito en el que me he podido poner nunca.

Pero a medida que ese avión se alejaba más de mi casa a mi me venían más y más ganas de estar con los míos. Entonces tampoco sabía que los míos iban a ser esa familia africana, que me acogió como a una burkinabé más.

Poner los pies en África es una sensación increíble, te atrapa ese olor que te acompaña durante todo el viaje y que reconocerás y recordarás durante toda tu vida. Llegar a Ouagadougou implicó un nudo en mi garganta durante mi experiencia por el aeropuerto: el control de documentación, la recogida de equipajes, etc. El nudo se fue cuando vi
con un cartel a Ousseini, el Presidente de la Asociación Reveillez-Vous, que fue quién me acompañó al lugar que pasaría a ser mi casa durante las próximas dos semanas.

Cuando llegué al barrio -Reikietá, o algo parecido- y concretamente a la Asociación, me llevé tal batacazo de realidad que me hizo falta toda la noche para empezar a digerirlo. Me llevó unas cuantas vueltas en la cama poner palabras a todo lo que sentía y es que, nunca me había sentido tan vacía y tan llena a la vez.

Toda yo era una mezcla de miedos, rabia, impotencia y tristeza. Pero debía ser fuerte y coger fuerzas para todo lo que aquél sitio tenía guardado para mí.

Cabe decir que esa noche no pude dormir, tenía mi cabeza dando vueltas y muy temprano salieron los “cantadores” de las 5 mezquitas que nos rodeaban y sus cantos se unieron con los de los gallos que teníamos en el patio.

LA ASOCIACIÓN REVEILLEZ-VOUS BONS CITOYENS

Mi voluntariado lo iba a realizar en una asociación para gente con diversidad funcional, “Association Reveillez-Vous Bons Citoyens”. La asociación disponía de una fisioterapeuta, Martine, que hacía fisioterapia a los niños de la asociación unos días durante la semana.

Las mañanas que venía Martine y la ayudaba con los niños eran mis preferidas porqué volvía a ver a las mamas y a los niños. Me rendía a los pies de esas mujeres africanas tan luchadoras y fuertes, que además cargan con las discapacidades de sus hijos en un país dónde tiene un gran peso social.

No tengo palabras para describir mi relación con los niños y con sus madres. Mi francés no era muy bueno, el suyo tampoco, pero muchas veces no nos hacían falta palabras para entendernos.

La asociación era dónde yo pasaba las horas, dónde dormía, dónde jugaba con los niños del barrio, dónde comíamos. Una casita africana, sin ningún tipo de comodidad, llena de polvo rojizo, sin baño y agua fría. Nunca pensé que pudiera llegar a ser tan feliz con tan poco.

MERCHE

El día allí empieza muy temprano, así que recordando las palabras de Ousseini y Seïdou antes de acostarme la noche anterior y añadiéndole que no había pegado ojo en toda la noche, decidí levantarme con el sol.

Fue entonces cuando al abrir la puerta de mi habitación escuché una voz que decía: “¿Ana, eres tu cariño?”, y se abrió la puerta de la habitación de al lado. Era Merche, otra voluntaria de la Asociación, la mujer que se iba a convertir en mi punto de referencia durante aquellos días y con quién me uní tanto. Nadie se puede imaginar la emoción que sentí al oír esas palabras, y por supuesto, que detrás de ellas apareciera una vasca con una enorme sonrisa en la cara que me recibió con un abrazo enorme.

Merche ha sido como mi ángel aquí; ha sido mi brújula cuando andaba un poco perdida. Aunque tengo que decir que no ha sido sólo mi ángel, si no que ha sido la esperanza de mucha gente de aquí. Con ella he compartido muchas horas hablando; del mundo, de sentimientos, de viajes, de la felicidad… de la vida. Sólo el árbol del porche dónde pasábamos las horas sabe todo lo que nos unió.

No puedo dejar de escribir lo que pienso de Merche, creo que es la mujer nassara -que significa “blanco” en moré- más querida de todo Ouagadougou. Sólo me hicieron falta dos cosas para confrmarlo: las lágrimas de toda la familia africana cuando se marchó y la sonrisa que se dibujaba en su cara cuando recordaban a Merche.

LA GENTE DE BURKINA FASO

Han pasado casi dos meses des de que volví de Ouagadougou. Lo mejor que me he llevado de este viaje ha sido la gente. Me emociono y salto de alegría cuando me llega un WhatsApp de ellos, o nos llamamos, para saber si todo está bien y porqué necesito decirles que “tu me manques beaucoup”.

Allí conocí a Seïdou, la persona que se hace cargo de la asociación y que se preocupó porqué no me hiciese falta nada durante mi viaje. Es un hombre muy pobre, pero muy feliz. Es un gran carpintero y creo que nunca había visto nadie que quiera tantísimo a los niños, los de la asociación y los de su barrio. Con Seïdou he reído hasta llorar y he aprendido mucho a su lado.

Cuando pienso en Burkina en mi mente viene Agui. Una chica con un corazón enorme que conocí a la asociación y que se ha convertido en una gran amiga. Agui tiene enanismo y teje durante todo el día a la asociación. Con ella no hacía falta hablar, tan solo mirarnos nos entendíamos. Una de las cosas que más echo de menos son sus abrazos y su “¿Com estàs?”.

No quiero dejarme a nadie, pero es imposible acordarme de todo el mundo. Des de todas las mamás de los niños de la asociación hasta la mujer que vendía plátanos en el mercado de al lado. También recuerdo con mucho cariño a Yago, Aziz, Lathifa, chicos de mi edad con una realidad muy distinta a la mía, y con quién pasaba muhas noches con una Brakina -cerveza- charlando en el porche.

No encuentro las palabras para hablar de los niños de la asociación y sus mamás. Creo que nada podría transmitirlo mejor que éstas fotos.

MI DÍA A DÍA COMO VOLUNTARIA

Cada día era una sorpresa, cada hora que pasaba se planteaban situaciones que acababan planeando tu día. Cada actividad era una aventura, des de ir al mercado hasta a dar un paseo por los alrededores. Mi día a día era la chica de los pinchos de ariko por las mañanas, al cabo de un rato la fascinante Amie con sus naranjas y a partir de ahí, todo improvisación.

Acostumbrados a ir marcados por el tiempo y siempre corriendo con todo programado, fue una de las cosas que más me costó, tener tiempo de no hacer nada.

Las tardes eran para los niños del barrio que se acercaban a jugar. Sacábamos las pinturas y los balafoots -globos- y me pasaba las tardes jugando y haciendo que aunque sólo por un rato, esos niños tuvieran infancia.

LA VUELTA A CASA

El momento de marcharme fue bastante duro, tienes la sensación que pierdes todo lo que has ganado durante ese tiempo allí. El contraste entre las dos culturas al llegar es muy fuerte; es por esto que las primeras dos semanas en Barcelona no me reconocía.

El ritmo de nuestra sociedad se me llevaba y yo no le seguía el ritmo, tenía en mi cabeza a cada burkinabé, a cada momento vivido durante esos días.

He de confesar que para nada es un viaje fácil, vives situaciones muy difíciles de encajar. Poco a poco vas digiriendo cada situación y sólo tienes ganas de volver, para estar con ellos, para volver a sentirte viva.

Ouagadougou from Anna Solés on Vimeo.

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