Aia de la Peña: voluntariado en Senegal

Después de este mes y medio tan lleno de aventuras, experiencias y tantísima gente que he conocido, me pongo delante del ordenador a escribir y no sé por dónde empezar…
Supongo que todo empezó el primer día que hablé con Rafa por teléfono. Quien desde el primer momento me ofreció todas las facilidades posibles, todas mis ideas le parecían bien, cosa que yo no lo veía tan claro, ya que lo que más me preocupaba era el no saber Francés, por lo que no sabía muy bien qué podría aportar yo allí. Después de mucho pensarlo, hablar con varios voluntarios de las experiencias que ellos habían tenido, y leer otras muchas memorias, decidí inicialmente pasar un mes y medio en Ndokh, con la idea de dar clases de español. Pero más adelante, hablando con Ana Fuertes por teléfono –quien conoce muy bien el poblado– me comentó que dos chicos estaban preparando unas colonias de verano para una escuela en Saint-Louis.
Contacté con uno de ellos por teléfono, con Jose, le dije que me gustaría mucho unirme a ellos y que yo podría dar clases de zumba y bailes del mundo en la escuela.
Así que finalmente decidí hacer media estancia en Saint Louis y la otra en Ndokh.

Comienzo del viaje: desde Madrid hasta Saint Louis.
Mi primer encuentro con los chicos Jose y Luis fue el 15 de julio en el aeropuerto de Madrid. Tuvimos una escala en Casablanca muy corta y en seguida llegamos a Dakar.
La salida del aeropuerto hacia el exterior fue un poco impactante. Era una especie de pasarela que estaba vallada a los dos lados y detrás de las dos verjas había muchísima gente con carteles ofreciendo taxis y pasando la mano entre las rejas.
Si no hubiera sido porque iba con Jose y Luis y con Ousmane –que en seguida lo encontramos– me hubiera dado un poco de miedo pasar por ahí sola.
El trayecto desde el aeropuerto al hostal fue nuestro primer contacto con todo aquel caos de coches, tantísimos niños en la calle, puestos de comida, mercados, talleres de coches, tanto color de los vestidos africanos, animales por todos los lados… El hostal estaba bien, dejamos nuestras cosas en la habitación y volvimos a salir a la calle, ya que teníamos muchas ganas de descubrir todo aquello.
Ousmane nos llevó a su casa, donde conocimos a otras dos voluntarias: María e Irene y Sergio, que había venido a visitar a Irene (¡la cual casualmente era una antigua amiga de Jose!).
Ousmane nos invitó a comer Yassa y después de descansar un poco nos fuimos a ver una playa, en un coche de 5 plazas fuimos 8 personas.
Por la noche fuimos todos a una fiesta de Regae, pero nos retiramos pronto, ya que estábamos cansados de todo el viaje.
Al día siguiente a las 13:00 vino un amigo de Ousmane a recogernos para llevarnos hasta Saint Louis. El viaje fue toda una experiencia. Pasamos por muchísimos pueblos, un montón de puestos de mangos, cabras y ovejas subidas en la parte de arriba de los autobuses, paisajes desérticos preciosos… Nos habían dicho que el viaje duraría unas 4 horas, pero tardamos 7. Nuestro taxista se iba parando de tanto en tanto en el camino: la primera vez en un taller para que le colocaran la matrícula en el coche –la cual se la colocó un niño de aproximadamente 12 años– y en las 3 últimas horas de viaje se paró unas 25 veces porque le faltaba agua al coche.

Una vez llegados a nuestro destino llamé a Louis, una de las coordinadoras de la escuela y quien nos esperaba allí, ella habló con el taxista y este nos llevó a la escuela donde todos nos estaban esperando.
Experiencia en Saint Louis
Recuerdo perfectamente aquella tarde en la que llegamos: en la escuela había muchísima gente y muchísimos niños, se escuchaban tambores y la gente estaba bailando. Al salir del taxi nos encontramos con Louis y todos los coordinadores, directores y secretarios de la escuela: entre otros Babacar, el nuevo director de la escuela, el señor Job y el señorito Job, estudiante de español –quien será a partir de ese momento nuestro ayudante en nuestra experiencia y sobre todo, nuestro amigo–.
La llegada a la familia fue alucinante, la casa era un edificio de tres plantas, cuando estaba subiendo las escaleras empezaron a aparecer niños por todas partes, los cuales eran todos de la familia; yo no entendía nada. Muchos de los coordinadores de la escuela también nos habían acompañado a la casa por lo que ya no sabía quién era de la familia y quién no. Allí conocí a Alasan Kane, el padre de la familia, a la abuela y fue cuando comencé a intentar acordarme de los nombres de todos los niños y adolescentes de la casa (unos 15): Ibraim, Hamydu, Nuru, Amadu, Aizata, Masu, Aixa, Hawa, Marieta, Musa…
Mi habitación estaba en la primera planta, junto al salón y una de las terrazas y los chicos estaban en otra habitación en la planta de abajo, con una entrada independiente.
Nos pusieron de cena un plato impresionante: pollo con cebolla caramelizada, patatas y ensalada. Era un recipiente gigante para todos, que los ponían en el suelo encima de una mantel redondo, para comer con la mano.
Alasan nos iba contando como era la organización de la casa, si necesitáramos cualquier cosa a quien le deberíamos preguntar…
Por la noche salimos con Job a comprar agua embotellada. La calle estaba llena de gente, tienditas pequeñas, gente vendiendo mangos, frutas y cacahuetes, niños jugando… Cuando estábamos en la tienda, se acercó un grupo grande de niños los cuales todos llevaban un cubito de plástico en la mano, Job los saludó y nos dijo: “son los niños de la calle”.
Al día siguiente fuimos nosotros tres acompañados del señorito Job y Marieta (una de las chicas de la familia de 20 años) a conocer el centro de Saint Louis. Vimos la zona sur: el hospital, ayuntamiento, las escuelas y entre otros, un edificio en el que se escuchaban niños cantar y recitar en voz alta. Job me dijo que esa era la casa de los niños de la calle. Y me explicó que son niños que no viven con sus familias, viven en casa de un Iman, donde su quehacer es estudiar el Corán y pasar todo el día mendigando por la calle. Una vez que consiguen comida, se la dan al Iman y este la reparte entre todos los niños.
Según fui preguntando más adelante, las razones de que estos niños sean “niños de la calle” son barias: algunos vienen de zonas muy rurales en donde las familias deciden que sus niños vayan a la ciudad para que así puedan obtener por lo menos comida para alimentarse, otros son de las mismas ciudades pero sus padres no tienen dinero para alimentar a sus hijos y otros pocos, según me dijo uno de los profesores de la escuela, es una decisión libre que toma la familia, para que los hijos estudien el Corán.
Siguiendo con la visita por Saint Louis, en la zona norte estaba el barrio de los pescadores, el mercado del pescado, el río y la playa.
Por la tarde fuimos en taxis a la playa con algunos de los niños y niñas de la familia.

Al día siguiente teníamos la reunión con los coordinadores de la escuela, el director y los miembros de CITCOME.
La reunión fue en la escuela, cuando llegamos ya estaban todos sentados. Al principio cada uno se presentó, ellos hablaban en wolof y Job luego nos hacía la traducción al español. Nosotros también nos presentamos y a continuación hablamos del proyecto de la escuela: el número de niños que íbamos a tener, los horarios, el material que necesitaríamos, los voluntarios senegaleses que trabajarían con nosotros…
El día 18 de julio, un día después, tuvimos la celebración de comienzo de las colonias en la escuela. Habíamos quedado a las 9 y empezó a las 11:30, los niños estaban algo tímidos pero muy contentos. Fue cuando conocimos a los demás voluntarios que también trabajarían con nosotros en las colonias: como el profesor Ngom y Hawa.
Y al día siguiente es cuando comenzaron oficialmente las actividades. Yo al principio estaba preocupada o no muy segura de cómo saldrían las cosas, me preguntaba “¿cómo voy a arreglármelas para explicar un juego a un grupo de 40 niños cuando no hablan mí mismo idioma?.
Pues la verdad, es que no sabría explicar el cómo, pero todo salió y muchísimo mejor de lo que me podría haber imaginado. Era una gozada trabajar con los niños de Saint Louis, todos tenían muchísimas ganas y lo mostraban en el interés que tenían por entendernos, en lo responsables y respetuosos que eran, en lo que se ayudaban los unos a los otros…
El primer día hicimos juegos de presentación, para que los niños se aprendieran los nombres. Yo intenté aprendérmelos, pero luego vi que ya tenía suficiente con aprenderme los nombres de los niños de mi familia. Además ellos, cuando se presentaban, no solo decían el nombre, el apellido también! Todos terminaron sabiéndose el nombre y apellido de todos los miembros del grupo y en cambio, se reían en las dinámicas cuando nosotros pronunciábamos sus nombres…
Personalmente creo que a mí me costó algunos días darme cuenta del tipo de juegos que les gustaban. Aunque haya trabajado de monitora en España, los intereses, el modo de pensar, de jugar, de relacionarse y sobre todo, el ritmo de Senegal no tenía nada que ver.
Descubrimos que les gustaban mucho los juegos de eliminarse, de concentración y sobre todo cantar y bailar, por lo que las clases de baile y zumba que tenía preparadas salieron bien. También les gustaba escribir y dibujar, hicimos un diario en el que cada día escribían cómo se sentían y qué habían hecho en la escuela, lo que les había gustado y lo que no; así como algunas dinámicas para trabajar la expresión de emociones.

Hicimos también unas clases de español de forma dinámica y los voluntarios senegaleses también nos enseñaron juegos que ellos conocían, por lo que al final fue un mix de culturas y juegos.

Y los últimos días los dedicamos a hacer una película en la que ellos actuaban. Cuando Luis, que estudia audiovisuales, planteó la idea me pareció que sería muy difícil. Pero finalmente, con la grandísima ayuda de Job, consiguieron hacer una magnífica película y fue un éxito total. Luis escribió la historia que tenía que ver con el respeto y el abuso de poder; hicieron en una de las tardes el casting para seleccionar a los 9 protagonistas, lo grabaron en Wolof y salió genial.

El día 6 de agosto tuvimos la fiesta de despedida y de finalización de las colonias a la que acudieron también los padres de los niños. Todos se vistieron muy elegantes e hicimos una pequeña demostración a los familiares de las cosas que habían estado haciendo durante las dos semanas de colonias y se les entregó un diploma de participación.
Ese día sería el último de nuestra experiencia en Saint Louis, ya que al día siguiente nos íbamos a Ndokh. Nos despedimos del antiguo y nuevo director, del profesor Ngom que nos invitó a tomar té en su casa, de Hawa, los otros voluntarios y de todos aquellos inspectores de la educación y coordinadores que habían asistido a la fiesta y que tampoco sabía muy bien quienes eran.

Por la noche se nos hizo bastante tarde entre todas las despedidas, pasamos por casa de Alasan a despedirnos de su familia y luego estuvimos como de costumbre tumbados en la terraza de Marieta en los colchones tomando té.
Por la mañana del día siguiente, antes de marcharnos, fuimos a despedirnos de la familia del señorito Job y a continuación de todos los niños que habían venido a despedirse y que nos los encontramos todos frente a nuestra casa, al lado del taxi que nos llevaría a Thies,
Amadu, uno de los niños de la casa, me dijo “hasta mañana”, con esa sonrisa y esa gracia que él tenía y yo ya no podía aguantarme más las lágrimas, que se me producían al ver a todas aquellas personas que tanto cariño habíamos cogido, diciéndonos adiós. Nos montamos en el taxi y ahí comenzó el viaje hacia el segundo destino: Ndokh.
Experiencia en Ndokh
Habíamos quedado con Ousmane y Sonia (otra nueva voluntaria) a las 15:00 en Thies para coger el autobús que nos llevaría hasta Ndokh, y como es propio de la puntualidad senegalesa el autobús llegó a las 17:00.
Nos saludó rápidamente y enseguida vinieron dos hombres a cogernos las maletas para subirlas y atarlas con cuerdas a la parte alta del autobús.
Nos metimos como pudimos dentro del bus que estaba llenísimo de gente apretada, detrás de mi asiento iban dos ovejas tumbadas y había bolsas de equipaje por todas partes.

Hicimos unas 6 horas en ese autobús, cuando las personas que iban subidas en la parte trasera del autobús daban tres golpes, el chofer paraba el autobús y alguna otra persona entraba, aunque estuviera el autobús a reventar seguía entrando gente y de alguna manera u otra le hacían un sitio. También hacían paradas para subir más equipaje, como bolsas de pan y comida, en una de ellas subieron los muebles de una habitación entera: una cama, el colchón, el espejo, armario… Parecía imposible pero el autobús seguía andando.
Llegamos muy de noche a Ndokh, todo estaba oscuro, por lo que iba a ser todo una sorpresa cuando nos despertáramos al día siguiente y descubriéramos donde habíamos llegado a parar.
Sonia y yo vivíamos en una familia y Jose y Luis en otra. Cuando llegamos a nuestra familia, estaban todos dormidos fuera de la casa en esterillas. Clemente, nos enseñó nuestra habitación y conocimos a algunos miembros de la familia: la abuela, “Chachi” en serer, que llevaba las tetas completamente caídas y al aire; Pierre, el abuelo; Hawa y Banya, los padres; a Andre que tenía 21 años y hablaba algo de español y dos de los niños: Zank y Hawafay.
No teníamos mucha hambre pero a las tantas de la noche que eran, Hawa se puso a cocinar y nos preparó un plato buenísimo de espaguetis con cebolla caramelizada y tortilla.
Al día siguiente hacia las 7 de la mañana ya escuchábamos movimiento fuera de la habitación. Se escuchaba lavar ropa, lavar cubos, niños correteando y un bebé llorando. Salimos fuera y vimos la casa con luz por primera vez: El baño estaba en la zona de los animales, donde había vacas, cabras y un caballo para trabajar en el campo y llevar el carro.

La cocina era una pequeña casita donde con palos hacían fuego bajo la cazuela.
Y aquella mañana fue cuando empezamos a conocer a la nueva familia. Al igual que la otra vez, hice una lista con todos los nombres de los niños de la casa para aprenderlos: Cler, Matild, Zank, Hawafay, Ema (Manolete), Shanbatist y el pequeño Silver (el que lloraba).
(Matild y Awafay lavándose la cabeza)
(Manolete)
Aquella mañana fuimos con Andre a Toucar en carro para comprar agua, ya que en Ndokh no hay ninguna tienda. Nada más salir de la casa nos quedamos alucinadas con el paisaje, Ndokh es preciosísimo!

En Toucar visitamos el dispensario y conocimos el famoso bar de Robert.
Aquella tarde le pedimos a Ousmane la llave del colegio para empezar el trabajo en Ndokh y empezamos a conocer el modo de vida de nuestra familia:
Después de comer fuimos con las niñas de unos 10 años al pozo a por agua.

La familia pasaba horas y horas sin hacer nada en la entradita de la casa a la sombra, que era un sitio muy agradable donde siempre corría el aire.

La mujer de la casa, Hawa, trabajaba sin parar: por la mañana limpiaba todos los platos y utensilios de la cocina, limpiaba la ropa de toda la familia, iba al campo a trabajar en los cultivos de mijo y cacahuete, preparaba la comida para toda la familia y cuidaba de su hijito, el pequeño Silver.

En Ndokh los niños trabajan desde muy pequeñitos. El trabajo de sacar agua del pozo lo hacían niños de entre 7 y 14 años principalmente. Los niños van desde pequeños a trabajar en el campo, las niñas limpiaban la ropa, van a recoger el “bisap”, unas hojas con las que cocinan, van al pozo, cuidan de los pequeños… incluso Matild, la niña mayor de nuestra casa de 10 años, solía preparar a veces la comida para toda la familia.

(Matild es la niña del medio)
Pasaron unos cuantos días hasta que finalmente conseguimos las llaves de la escuela. Ousmane aparentemente pasó un poco del tema por lo que tuvimos que pedírsela a con Damian (un vecino que hablaba algo de español), que nos acompañara a la casa del hombre que la guardaba. Aquella tarde fuimos a ver la escuela, era un edificio de dos aulas; y en una de ellas las mesas estaban amontonadas y la mayoría de ellas rotas.
Preparamos el material para empezar al día siguiente: los folios, lápices, pinturas, globos, balones, cuerdas de saltar a la comba, bolitas para hacer pulseras…
Al día siguiente, después de ir al pozo con las niñas; salimos hacia la escuela con unos 4 niños de nuestra casa y con Jose y Luis. Sonia y yo no sabíamos cómo íbamos a “reclutar” a los niños para que vinieran a la escuela, pero la cosa resulto ser muy muy muy fácil:
Por el camino hacia la escuela, sin ni siquiera nosotras decir nada, se iban uniendo muchísimos niños. Cuando llegamos a la escuela (que estaba a unos 5 minutos andando desde nuestra casa) se habían reunido unos 30 niños.

Los niños que venían eran de todas las edades: de 5 a 19, incluso muchas niñas llevaban en la espalda a los bebés de la familia.
El primer día había un chico de 12 años que hablaba francés, quien nos ayudó a comunicarnos con todo el grupo de niños; explicamos que primero barreríamos entre todos la escuela y él lo tradujo para todos. En cosa de 5 minutos el aula estaba impecable.
Sacamos un balón y muchos de los chicos se pusieron a jugar a futbol. Dentro del aula dimos folios y pinturas para dibujar y había un grupo de chicos que querían clases de matemáticas, asique en una esquina del aula les estuvimos haciendo algunas sumas y restas.
Cada día eran más los niños que venían a la escuela, de 30 subieron a 70. Uno de los días hicimos un taller de pulseras que fue un éxito total. Incluso los chicos que estaban jugando al futbol, dejaron de jugar para hacer collares, pulseras y “bibins” que son una especie de collares que se ponen en la cadera las mujeres.
Desde el primer día nos dimos cuenta que sería imposible dar clases de español o de cualquier otra cosa. En primer lugar, porque casi nadie hablaba francés y principalmente porque habían muchísimos niños y de edades muy diferentes. Pero aun así, creo que conseguimos algo importante: los niños en Ndokh trabajan muchísimo y tienen muchas responsabilidades desde que son muy pequeños. Las dos horas todas las tardes que solíamos estar en la escuela era un tiempo para jugar, en el que no tenían que trabajar, era un momento para ser niños, reírse y hacer lo que les apeteciera.
No hacía falta más que verlos para darse cuenta de lo muchísimo que disfrutaban, los niños de nuestra casa se ponían muy contentos cuando llegaba la hora de ir a la escuela. Aunque a veces alguno de ellos se tenía que quedar en casa trabajando, cuando había mucho que hacer, Hawa decidía quien podría ir y quién no.

Nuestra vida en Ndok se basaba en convivir con la familia e involucrarnos en las tareas de la casa por las mañanas e ir a la escuela por las tardes. Los domingos solíamos ir a misa con ellos, nuestra familia era cristiana y durante la semana solíamos ir en carro a los diferentes mercados que había cada día en uno de los pueblos cercanos.

El 15 de agosto tuvimos la fiesta de la virgen María, fiesta cristiana que era muy importante para ellos: la cual se basaba en comer unas 5 veces! A Sonia y a mí nos pusieron un platazo gigante de arroz con pollo y cebolla y cuando no podíamos ya comer más se acercó la vecina con otro pedazo de plato para que comiéramos. Casi sin poder movernos fuimos a casa de Damian a hacerle una visita y para el colmo Siga (su madre) ya nos estaba esperando con otro plato de macarrones y pollo!! Comimos un poco para agradecer su hospitalidad pero ella nos decía a ver si era que no nos gustaba, que estábamos comiendo poco.
Aunque fuera una fiesta cristiana me explicaron que también invitaban a comer a los amigos musulmanes y que de la misma manera; en las fiestas musulmanas ellos invitaban a los cristianos.

El final de la estancia en el poblado me resultó un poco agridulce… ya que durante la última noche entre los vecinos hubo una pelea. Por lo que todos estaban un poco tristes… Por la mañana cogí el autobús que me llevaría hasta Dakar a las 7 de la mañana. Muchos de los niños estaban aún dormidos, así que solo me pude despedir de Hawa (la madre), el padre, el abuelo, de Sonia y de una de las niñas, Awafay.
Y en ese momento fue cuando terminó mi experiencia en Ndokh. Volví a pasar con el autobús por aquellos caminos tan llenos de agujeros y baches, y parándose cada dos por tres para subir cargamento, pero esta vez hice el camino de vuelta sola, pensando en todas aquellas personas, paisajes y sonrisas que dejaba atrás e intentando aun dar carácter de realidad toda la experiencia que había vivido.

FIN

En estas páginas he intentado resumir mi experiencia, pero estoy segurísima de que solo he podido transmitir una pequeña parte de todo lo vivido en este mes y medio pasado en Senegal…

Por último, me gustaría dar mil gracias a Rafa por confiar en mí desde el primer momento, ofrecerme todas las facilidades posibles y animarme sin fin a realizar el voluntariado. Y a Ana Fuertes, por toda la ayuda y confianza que me ha aportado desde el primer contacto que tuve con ella, por sus más sinceros consejos y por hacer posible nuestro voluntariado en Saint Louis.

Related Posts